El Zodíaco enviaba cartas con criptogramas a la policía y periodistas
19 noviembre, 2025
A finales de los años 60, California vivía una época de cambios culturales, tensiones sociales y un clima político agitado. En medio de ese escenario, un nombre comenzó a repetirse en periódicos, radios y oficinas policiales: “Zodiac”. Un asesino que no solo mataba, sino que convertía cada crimen en un desafío público, un juego macabro que dejó una huella imborrable en la historia criminal de Estados Unidos.
Los ataques que se le atribuyen comenzaron en 1968. A la justicia se le pudieron confirmar cinco asesinatos, todos cometidos en zonas rurales o semirrurales del norte de California. Sin embargo, el propio Zodíaco aseguró en sus cartas haber matado al menos treinta y siete personas, una cifra que nunca pudo ser verificada y que alimentó todavía más la leyenda oscura detrás de su identidad.
Los primeros crímenes se centraron en parejas jóvenes atacadas en lugares apartados. Solo un sobreviviente logró describir parcialmente al agresor, un hombre que actuaba con frialdad y planificación. Pero el verdadero salto a la notoriedad ocurrió cuando, en agosto de 1969, varios periódicos recibieron cartas escritas por el asesino: mensajes cifrados, amenazas y un símbolo que se convertiría en su firma, un círculo atravesado por una cruz.
Ese símbolo y los códigos que lo acompañaban se volvieron tan inquietantes como los propios crímenes. El Zodíaco creó un alfabeto extraño que mezclaba figuras geométricas, signos inventados y variaciones de letras que funcionaban como un sistema de sustitución. Cada símbolo representaba una letra real, pero él añadía elementos sin sentido, símbolos repetidos que no correspondían a nada y trampas pensadas para confundir incluso a criptógrafos profesionales.

Retrato robot del sospechoso
Algunos mensajes podían resolverse, como el primer gran criptograma que un maestro y su esposa descifraron en pocos días, donde el asesino aseguraba que mataba porque le resultaba divertido y porque creía que sus víctimas serían sus esclavos en la otra vida. Otros códigos parecían diseñados exclusivamente para frustrar, como si su intención no fuera revelar nada sino mantener el control emocional sobre quienes intentaban descifrarlo. Sus cartas eran un rompecabezas deliberado que convertía cada crimen en una pieza más de un mensaje incompleto.
Cada carta agregaba fragmentos de terror psicológico, detalles del crimen, pistas crípticas y desafíos directos a la policía. Nunca reveló su nombre real, pese a insinuarlo en cifrados posteriores que, con el tiempo, demostraron ser imposibles de verificar.
El ataque más perturbador ocurrió en Lake Berryessa, donde apareció vestido con una especie de traje negro, capucha incluida y su símbolo estampado en el pecho. Ató y apuñaló a dos jóvenes que estaban de picnic y luego dejó un mensaje escrito en la puerta de un automóvil, con la fecha de sus crímenes y su emblema. Más tarde llamó él mismo a la policía desde una cabina telefónica para informar del ataque con una calma que los agentes nunca lograron olvidar.
Semanas después asesinó a un taxista en San Francisco y escapó caminando, pese a haber sido visto por testigos. Durante meses mantuvo comunicación directa con los medios, enviando nuevos códigos, amenazas y cartas que parecían diseñadas para mantener en vilo a toda una región, siempre firmadas con el mismo símbolo, su marca personal, su forma de dejar claro que estaba allí, observando.
El caso se enfrió con los años y las cartas dejaron de llegar. A pesar de decenas de sospechosos y múltiples investigaciones, ninguna evidencia concluyente permitió identificarlo. La tecnología moderna aportó análisis de ADN, revisiones forenses y nuevas hipótesis, pero tampoco logró cerrar definitivamente el misterio.
La historia del Asesino del Zodíaco es más que una serie de crímenes: es el ejemplo de cómo un agresor puede manipular a la opinión pública, exponer fallas en la coordinación policial y sobrevivir en la memoria colectiva gracias al vacío que deja su anonimato. A más de medio siglo de sus primeros ataques, sigue siendo un fantasma de la criminología, un criminal con cinco víctimas confirmadas, un número incierto de posibles asesinatos y un conjunto de símbolos que todavía hoy despierta la misma inquietud que el primer día.