12 mayo, 2024
Se preguntaba Aristóteles en sus Problemas si «el filósofo puede ser feliz mientras lo torturan», y también por qué «muchos de los grandes filósofos fueron melancólicos», lo que quiere decir que estaban locos. Naturalmente muchos intérpretes actuales, guiados por lo que S. Freud llamó «psicoanálisis silvestre», llevarían el tema al terreno sexual y pensarían que algunos intelectuales griegos disfrutaban mezclando tortura y el placer sexual, como luego el marqués de Sade, cosa que estaba a su alcance de Sade más por ser marqués que por otra cosa.
El asunto no iba por ahí en Grecia, donde la tortura formaba parte del procedimiento judicial, ya que se le aplicaba a los esclavos cuando eran interrogados como testigos, donde las ejecuciones se realizaban en público y donde las crueldades de la guerra eran perfectamente conocidas y aceptadas como parte de la realidad. A lo que Aristóteles se refería era a si el filósofo podía ser feliz mientras lo torturaba un tirano, o sus esbirros, para que diese el nombre de aquellos que con él formaban parte de una conjura política. Hubo incluso un género literario que recogía muchas anécdotas, como la del filósofo que se muerde la lengua y la escupe para no poder hablar, la del que le dice al tirano que delatará a sus cómplices al oído, y luego le arranca la oreja de un mordisco…
Y es que para Aristóteles, hijo de un médico del rey de Macedonia y preceptor de Alejandro Magno , el filósofo era víctima del poder político, democrático o tiránico, como lo fue él mismo, que tuvo que exiliarse y morir en la corte de tirano Hermias en Asia Menor. La mayor parte de los filósofos estuvieron al margen o en contra del poder político, como fue el caso de Heráclito de Éfeso, de los filósofos cínicos, epicúreos y parte de los estoicos. Los pocos que buscaron el apoyo de tiranos o reyes, como Platón, acogido en la corte del tirano Dionisio de Siracusa, o Séneca, preceptor de Nerón, acabaron muy mal, siendo vendidos como esclavos, o teniendo que suicidarse.
Cuando hablamos de filósofos en la Antigüedad debemos tener en cuenta que de lo que hablamos es de científicos: para Platón el saber supremo era la geometría, Aristóteles creó la botánica, la zoología, la ciencia política, además de las grandes ramas de la filosofía. Y la labor esencial de muchos filósofos fue la lectura e interpretación de los textos, no solo gramaticalmente, sino en todas sus dimensiones. A ese arte de la interpretación se le llamó hermenéutica. Y ese mismo arte pasó del paganismo grecolatino al cristianismo, que en gran parte es heredero de la tradición clásica.
Los herederos de los filósofos griegos fueron los eruditos cristianos, los rabinos judíos y los ulemas musulmanes. Todos ellos cultivaron las ciencias hermenéuticas, o humanidades, junto a la teología y el derecho, y muchos de ellos estuvieron al margen o en contra del poder. La erudición cristiana fue la de los monjes y los Padres de la Iglesia que estuvieron frente al Imperio romano, y tras Constantino con él, pero no fundidos con él. La Iglesia solo se identificó con el imperio en el mundo bizantino.
Los rabinos y sus sinagogas siempre estuvieron al margen del poder, porque el estado judío desapareció con la destrucción del templo de Jerusalén y no renació hasta la creación del estado de Israel. Los judíos vivieron dispersos, desde la India a la Europa nórdica dentro de reinos cristianos, musulmanes y de todo tipo. Mantuvieron dos milenios su lengua y su cultura en sus sinagogas y escuelas, siempre al margen del poder. Por eso siempre fueron el extranjero que vive con nosotros, y por eso nació el antisemitismo, contra ellos y no contra el islam. Porque el islam era un gran mundo diferente, mientras que el judaísmo era parte de nosotros. Jesús fue un judío crucificado por los judíos. El judío es a la vez lo que somos y lo que no somos, por eso es tan fácil odiarlo.
Cuando existieron los reinos de Israel y Judá, los profetas – sus líderes religiosos- casi siempre estuvieron en contra de los reyes, como contra Herodes estuvo el profeta Jesús. El islam es heredero del judaísmo hasta el punto de que Jerusalén es una de sus dos ciudades sagradas, en la que Mahoma ascendió al cielo, desde el lugar de la Mezquita de la Roca, montado en un caballo blanco guiado por el arcángel Gabriel. En él los ulemas y mulás, que son el equivalente de los rabinos y sacerdotes cristianos, estuvieron junto al poder de los califas, pero fueron diferentes a ellos, hasta que se crearon los estados islámicos, híbridos entre el nacionalismo europeo y el integrismo religioso.
Las vidas paralelas, o antagónicas, de los filósofos – o sea de los intelectuales- y los poderosos siguieron igual por muchos siglos. Los filósofos eran una personas peculiares, casi siempre hombres, dispuestos a enfrentarse a los tiranos y sufrir tortura y vivir en la pobreza, y mantenían un aura de locura y extravagancia, próxima a lo que llamamos genialidad, que es lo por lo que se les llamaba melancólicos. Pero a partir del siglo XVII los filósofos pasaron a ser a veces gente peligrosa, porque se enfrentaban al poder religioso y civil. Fueron marginales, como Baruch de Espinosa, un judío de origen hispano que murió en Holanda expulsado de su propia comunidad por haber criticado la autoridad de la Biblia con criterios racionales, y que se ajusta al modelo del filósofo pobre que vive en una buhardilla. Lo mismo podemos decir de Descartes, que publicó sus libros en Holanda para huir de la censura, de Voltaire, de David Hume. Y entre los científicos de Miguel Servet, Copérnico y Galileo.
Los intelectuales podían ser peligrosos porque descubrían la verdad y la daban a conocer, porque creían que solo la verdad puede hacernos libres y que el conocimiento y los intereses de todo tipo pueden chocar. A veces fueron perseguidos, sus libros prohibidos, o quemados en público. Así la censura pudo lograr que la gente fuese ignorante y resignada. Esa censura primero fue eclesiástica, pero luego civil: ya fuese capitalista, fascista, marxista o nacionalsocialista; creando cada cual sus víctimas.
Se asociaba hasta hace unos años a las humanidades: filosofía, historia, filología con los intelectuales. Y se creía que los libros de esas materias podía ser peligrosos, por lo que había que vigilarlos. Libros y lectores podía ser subversivos. A veces eran tesoros clandestinos. Se creía que la inteligencia casi por sí sola podía cambiar el mundo, porque una vez que la gente supiese la verdad no estaría dispuesta a soportar la tiranía. Por eso había que estar alerta ante profesores e ideas subversivas. Y por eso algunos profesores de humanidades se consideraban un poco como profetas predicadores de un tiempo nuevo, agitadores revoltosos y gérmenes del desorden público.
Pero ya nada queda de esto. Si se cerrasen los estudios de humanidades no pasaría nada. Primero porque hay en ellos un nivel de sobretitulación que duplica el de Alemania, por ejemplo. En segundo lugar porque hay tal reserva de doctores en esos campos que si no se leyese ninguna tesis en diez años, se podrían cubrir igual todas las vacantes imaginables. Y en tercer lugar, y sobre todo, porque las humanidades ya no tienen nada que ver con la libertad, ni con la reivindicación de la dignidad.
Sus profesores ya no quieren ser profetas, ni vivir marginados en buhardillas, como el sabio que «tan pobre y mísero estaba, que solo se sustentaba de las hierbas que cogía». Los llamados humanistas aceptan el orden social, político y económico tal y como está. No quieren que cambie, sino aprovecharse de él para beneficio propio: profesional y económico. No discuten la autoridad, aceptan todo lo que se les dice y quieren ser lo que se les dice que tienen que ser. Por eso ya casi nunca hacen huelgas, por eso sus sindicatos son solo ya gremios y cunas de futuros políticos. Y por eso están cavando su propia tumba. Porque las humanidades no son directamente útiles para la economía, como lo son las ciencias, ni sirven para administrar el estado. Si las humanidades fuesen ciencias serían ciencias del alma, y no del cuerpo. Por eso no sirven de nada en nuestro mundo desalmado.