
3 diciembre, 2025
Hubo un tiempo no tan lejano en el que aburrirse era una forma de educación sentimental. Un espacio vacío donde la mente, sin instrucciones ni estímulos, se atrevía a inventarse a sí misma. Aquella sensación no era un enemigo sino un territorio fértil, una llanura silenciosa donde la imaginación tenía permiso para caminar sin rumbo.
Hoy ese paisaje está en ruinas. Fue asfaltado por el entretenimiento inmediato, ese servicio omnipresente que promete salvarte de cualquier segundo de intimidad mental. Apenas aparece un momento de quietud y ya buscamos un botón que lo anule. No soportamos el intervalo. La pausa se volvió insoportable. El tiempo libre dejó de ser tiempo para pasar a ser tiempo para llenar.
La tragedia es invisible pero profunda: hemos perdido la capacidad de soportar nuestra propia compañía. Ese vacío nos revelaba qué deseábamos de verdad, qué ideas se asomaban sin ser llamadas, qué miedos crecían cuando nadie nos distraía. Ahora esos descubrimientos fueron reemplazados por scroll infinito, decisiones del algoritmo y pantallas que piensan por nosotros. Porque no aburrirse es también no escucharse.
Esa pausa involuntaria, maestra discreta, enseñaba a convivir con la lentitud, con el vacío, con lo que no ocurre. Nos hacía creativos por necesidad, valientes por ausencia, introspectivos por instinto. De niños, construíamos mundos enteros por falta de alternativas. De adultos, los destruimos por exceso de opciones.
Qué ironía. En un tiempo que presume de libertad, no somos capaces de tolerar un minuto sin estímulo. Vivimos rodeados de contenido y, sin embargo, incapaces de encontrarnos con lo más básico: la incomodidad de no saber qué hacer. La agenda está tan llena que no deja espacio para la vida. El día está tan programado que no deja lugar para el pensamiento.
Quizá ese estado no era un defecto, sino un derecho. La posibilidad de detenerse, de mirar sin buscar, de existir sin justificar. Recuperarlo no es un gesto romántico, sino una forma mínima de desobediencia: permitirnos la lentitud en un mundo que exige velocidad. Darle un respiro a la mente. Dejar que algo nazca donde no había nada.
Tal vez el arte perdido de aburrirse vuelva algún día. Tal vez reaparezca en quienes se cansen del ruido, de la urgencia, de esa hiperactividad que no es vitalidad sino fuga. Quizá solo sobreviva en quienes se atrevan a cerrar la pantalla y caminar otra vez por ese territorio interior al que renunciamos sin darnos cuenta, el único donde todavía es posible encontrarse.