12 mayo, 2024
Si bien la convivencia y la libertad son dos conceptos estrechamente relacionados, no son lo mismo. La libertad es la capacidad de actuar o elegir sin restricciones externas: se trata de un derecho fundamental que permite a las personas tomar decisiones propias sobre sus vidas. La convivencia se refiere a la capacidad de vivir en armonía con los demás, respetando sus derechos y necesidades. Implica la aceptación de la diversidad y la búsqueda del bien común. La convivencia requiere que las personas sean tolerantes, comprensivas y respetuosas.
A primera vista, la libertad y la convivencia podrían parecer conceptos opuestos. La libertad podría verse como la capacidad de hacer lo que uno quiera, sin tener en cuenta a los demás. La convivencia, por su parte, podría entenderse como una restricción de la libertad individual. Sin embargo, la libertad y la convivencia son en realidad interdependientes. La libertad sin convivencia tiende al caos y al conflicto, mientras que la convivencia sin libertad conduce a la opresión y a la tiranía.
Para lograr una sociedad justa y próspera es necesario encontrar un equilibrio entre la libertad y la convivencia. Esto requiere que las personas sean conscientes de sus propios derechos y libertades, pero también de los derechos y libertades de los demás. También requiere que las personas ofrezcan compromiso para trabajar juntas por el bien común.
Vivimos tiempos crispados y la sociedad actual presenta desafíos que dificultan la convivencia armónica entre las personas. La cultura de hoy promueve un enfoque individualista en el que el éxito personal y la adquisición de bienes materiales se consideran prioridades absolutas. La brecha entre ricos y pobres es cada vez más amplia, lo que genera resentimiento, exclusión social y conflictos. La globalización y las nuevas tecnologías de comunicación han incrementado la exposición a ideas y valores que contribuyen a la fragmentación social y a la polarización. La crisis climática y la degeneración ambiental generan incertidumbre, competencia por recursos y desplazamiento de poblaciones.
La familia, la escuela y otras instituciones que tradicionalmente han jugado un papel importante en la transmisión de valores se encuentran debilitadas. La violencia doméstica y el terrorismo representan una grave amenaza para la convivencia, ya que la inseguridad y el miedo limitan la libertad de las personas y generan un clima de desconfianza y aislamiento. La exposición constante a información negativa y sensacionalista contribuye a la disminución de la empatía y de la tolerancia hacia los demás. La falta de comprensión y respeto por las diferencias dificulta la construcción de relaciones sociales positivas y, por último, la urbanización y el estilo de vida moderno nos desconecta del entorno natural y dificulta la apreciación de la interdependencia de los seres vivos.
La divisa de don Miguel de Unamuno en los muros de la Universidad de Salamanca es abrumadora: «La verdad antes que la paz». ¿Qué debe prevalecer, los principios de unos o la convivencia de todos? No cabe duda de que los principios nos proporcionan una guía ética: disponer de un conjunto claro de principios nos ayuda, en situaciones difíciles, a tomar decisiones que estén en consonancia con nuestros valores, pero la convivencia fomenta la comprensión y la tolerancia, ayuda a desarrollar soluciones creativas y fortalece la democracia. Plantearse disyuntivas unamunianas es crear problemas donde no debería haberlos. La naturaleza y la evolución nos han dado un órgano tan maravilloso como el cerebro, que tiene la capacidad de adaptarse y cambiar a lo largo de la vida, en un proceso conocido como plasticidad cerebral. Esta plasticidad permite que aprendamos nuevas habilidades, modifiquemos nuestro comportamiento y nos ajustemos a diferentes entornos sociales.
Aparte de este esfuerzo personal, la construcción de una sociedad más justa, pacífica y sostenible requiere un esfuerzo conjunto, liderado por las fuerzas políticas democráticas. La política debe ser un instrumento que mejore la convivencia. El debate parlamentario debería ser una forma saludable de expresar diferentes puntos de vista y encontrar soluciones creativas que ayuden a superar las diferencias y a fortalecer la convivencia. Un sistema político fuerte debe proporcionar un marco para la resolución de conflictos y para la gestión de la diversidad. Y, sin embargo, la política en la actualidad es divisiva y genera conflictos. Parece obvio que la búsqueda de poder y los intereses personales prevalecen sobre el bien común.
Siempre hacen más ruido las latas vacías que las llenas. Significativamente, ocurre lo mismo ocurre con los cerebros.