EFE
17 julio, 2024
Que me perdonen de verdad por poner la nota negativa acerca de uno de los movimientos más esperados, emotivos, rutilantes y mediáticos (literalmente habría que estar prácticamente recluido en lo más profundo de una cueva para no haberse enterado) que el mundo del fútbol ha conocido recientemente.
Sin embargo, y reitero que lamento insistir en esto justo en el día de hoy, estoy cansado. No se aguanta más. A uno ya acaba por cansarle. No hablo en concreto de la llegada de Kylian Mbappé al Real Madrid, hablo de toda esa pompa, ese discurso, esa palabrería del que viene embolsándose uno de los mayores salarios del mundo un día con vistas a la Torre Eiffel y, al siguiente, se va a hacer lo propio en Cibeles mientras, aún por encima, se besa el escudo.
Y sí, a algunos nos molesta profundamente el hecho de que besar un escudo haya pasado a ser un gesto tan banal que en la actualidad es ya solo una parte más del habitual protocolo que supone la presentación de un nuevo futbolista.
Pues no, entérense, al menos sepan que no hace tanto besar un escudo era más que eso. Era una declaración de amor eterno a unos colores, una ciudad, una afición, una tradición, un legado, una historia, victorias y derrotas, unas pocas noches de gloria y muchas noches de llantos, tardes pegado al transistor, rodillas sangrando y barro… Hace no tanto besar un escudo implicaba una reverencia solemne a todo cuanto un escudo representa.
Y hoy… pues eso.
Insisto, con el mayor de los respetos, díganle a este chico (una bestia con el balón en los pies) que no hable de «sueños» y que no se bese el escudo. Porque solo un par de años atrás para él no hubo ni sueños ni escudo. Cogió el dinero y se quedó en París, porque el Madrid podía esperar.
No, chico. Uno nunca deja pasar la oportunidad de cumplir un sueño si este es de verdad.
Le deseo la mejor de las suertes a Kylian, de verdad, pero solo le pido (al igual que a todos los demás) que no se bese el escudo. Que no hable de «sueños». Solo les pido a todos ellos que no mancillen aún más un fútbol que tristemente hoy es lo que es, pero que en otra época significó algo muy distinto, algo que hizo que el aficionado genuino se enamorase de él.
Y hoy ya sabemos que todo es por y todo lo mueve el maldito dinero, pero al menos respeten lo que aún es sagrado para muchos, que para ustedes, que es lo que les importa, es gratis.