
1 diciembre, 2025
Salí temprano, más por obligación que por ganas. Llovía desde la noche anterior y el frío se había metido en el cuerpo como si quisiera quedarse a vivir allí. Caminé los primeros metros sin pensar demasiado, con la capucha pegada a la cara y el sonido constante del agua golpeando el suelo. El Camino tiene momentos así: no pasa nada, no cambia nada y, aun así, tenés que avanzar.
El barro hacía que cada paso fuera un esfuerzo, como si el suelo te pidiera explicaciones antes de dejarte continuar. Los guantes estaban húmedos desde el minuto uno. La mochila pesaba más de lo normal. Y las manos, aun dentro de los bolsillos, parecían de otro. Había leído tantas veces eso del “caminar bajo la lluvia purifica”, y la verdad es que lo único que purificaba era mi paciencia.
En un tramo del bosque, el frío se intensificó. No era solo la temperatura: era esa mezcla de viento, humedad y silencio que te vacía. Ahí empecé a preguntarme cuánto faltaba para el siguiente pueblo. No para llegar: para dejar de sentir el cuerpo como un estorbo. Tenía la sensación de que la etapa iba a ser más larga de lo que decía la guía, como si el Camino, mojado, se estirara unos kilómetros más solo para probarme.
Me crucé con dos peregrinos que venían del lado contrario. No dijeron nada, solo levantaron la mano en un saludo rápido. Sus caras también estaban mojadas, pero no supe si era lluvia o cansancio. Después de verlos, me quedé pensando si no sería yo el que parecía derrotado. El Camino no es una competición, pero hay días en los que solo el reflejo del otro te sostiene un poco.
A media mañana, la lluvia aflojó, pero el frío no. Caminé más lento, con esa torpeza que aparece cuando llevás horas pisando agua. Cada tanto miraba hacia adelante buscando una referencia: una casa, un poste, algo que rompiera la monotonía gris. No aparecía nada. Solo la línea del sendero perdiéndose en la niebla y el ruido de mis propios pasos.
En un momento pensé seriamente en parar. No porque estuviera cansado, sino porque no estaba seguro de querer seguir. Hay etapas que no se caminan con el cuerpo sino con lo poco que te queda en la cabeza. Y ese día la cabeza iba igual de empapada que la ropa.
Cuando por fin vi el cartel del siguiente pueblo, no sentí alivio. Sentí duda. Una duda simple, directa: ¿voy a llegar a Santiago así?
Porque si una etapa como esta me dejaba tan justo, no sabía qué podía pasar en las siguientes. Tal vez llegaría. Tal vez no. No era un pensamiento dramático, solo honesto. El Camino te confronta con tus límites sin gritarte nada.
Al entrar al pueblo, la lluvia volvió a caer, fina y constante, como si quisiera recordarme que mañana sería igual o peor. Me refugié bajo un tejadito y apoyé la mochila contra la pared. Respiré hondo. No estaba orgulloso ni feliz ni motivado. Estaba frío, cansado y un poco derrotado. Pero estaba allí.
No sabía si iba a llegar. Solo sabía que, de momento, había llegado hasta ese punto. Y a veces el Camino es exactamente eso: avanzar lo justo, lo posible, lo que el día te permite. Nada más.