
22 noviembre, 2025
No comencé el Camino buscando aventura ni paisajes. Lo empecé porque sentía un vacío que ya no podía tapar. Hacía años que mi fe se había ido apagando como una vela olvidada. Vivía rápido, distraído, convencido de que podía con todo, pero un día descubrí que ya no sabía rezar. Por eso salí desde Sarria: no a caminar, sino a volver.
El primer día fue una mezcla de cansancio y silencio. Caminaba sin hablar con nadie, intentando ordenar la mente. Pero en medio del sendero vi a una mujer mayor deteniéndose a rezar el rosario, una cuenta por cada paso, una intención por cada suspiro. No pedía nada para ella. Rezaba por otros. En ese momento sentí vergüenza y esperanza al mismo tiempo: yo no recordaba cuándo había rezado así por última vez.
En Portomarín entré en la iglesia casi por impulso. La piedra estaba fría, la luz entraba por una rendija y el silencio era tan hondo que parecía vivo. Me quedé quieto, sin saber qué decir. No pedí favores, no supliqué señales. Simplemente estuve ahí, y por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba delante de Alguien.
Día tras día el Camino fue moldeándome. No sólo eran las ampollas, la lluvia o la mochila que parecía más pesada a cada tramo. Era algo interior. Cada peregrino con el que me cruzaba tenía una historia que me dejaba pensando. Un sacerdote caminaba a mi ritmo y hablaba con una paz que yo había olvidado que existía. Me dijo que Dios nunca discute por una alma: espera. Siempre espera.
La noche en O Pedrouzo, no pude dormir. Salí a caminar por el sendero vacío. El Camino estaba iluminado apenas por la luna, y el aire tenía esa quietud que solo aparece cuando Dios quiere decir algo sin palabras. Ahí, en ese silencio perfecto, sentí una presencia suave, humilde, real. No fue una visión ni una voz. Fue una certeza: no estaba solo, y nunca lo había estado. Y ese pensamiento me quebró por dentro de un modo hermoso.
Al día siguiente, cuando vi las torres de la Catedral desde el Monte do Gozo, me largué a llorar. No por tristeza. Por alivio. Por regreso. Caminé despacio, como si no quisiera que se terminara. Y cuando llegué al Obradoiro y levanté la vista, tuve la sensación de que todo este tiempo Dios me había traído de la mano sin que yo lo notara.
Entré en la Catedral con el corazón latiendo como nunca. Me acerqué al Apóstol y me arrodillé. Esta vez sí supe qué decir. Le di gracias por devolverme la fe, por acompañarme incluso cuando yo lo ignoraba, por guiar mis pasos en cada tramo del Camino y por no cansarse nunca de mí.
Y ahí entendí algo que no quiero volver a olvidar: no fui yo quien hizo el Camino. Fue el Camino, y el Señor, quienes me hicieron a mí.