
Adrián y su perrita Laika llegan a Santiago - EFE
6 noviembre, 2025
El Camino de Santiago con perros gana terreno año a año, aunque las dificultades y la falta de recursos siguen siendo una realidad para muchos de los llamados perregrinos. Cada vez más personas deciden compartir la experiencia jacobea con sus animales, un fenómeno que combina devoción, aventura y amor por los compañeros de cuatro patas.
Hacer el Camino con un perro requiere una preparación consciente: son muchos kilómetros, etapas exigentes y condiciones cambiantes. “Hay que pensar siempre en su bienestar”, explica Raquel Freiría, gerente de la Asociación Protectora de Animales del Camino de Santiago (Apaca), entidad creada en 2015 que rescata, asiste y orienta a los caminantes que viajan con sus mascotas.
Apaca impulsa campañas de esterilización, asesoramiento y promoción de una cultura dogfriendly “ética y responsable”, fiel al espíritu solidario del Camino. Entre sus iniciativas más reconocidas se encuentran la Credencial y la Compostela Canina, equivalentes a las que reciben los peregrinos humanos. La primera permite ir sellando las etapas, mientras que la segunda acredita que el perro ha completado la ruta hasta Santiago.
A pesar de este crecimiento, Freiría subraya que persisten obstáculos importantes: la falta de empatía y de infraestructuras adecuadas. Los albergues públicos no permiten mascotas y muchos privados tampoco. “Algunos ayudan porque creen en el proyecto, pero otros solo piensan en lo económico”, lamenta.
Tampoco hay apenas opciones de transporte para animales, salvo taxis, y los servicios sanitarios no contemplan qué hacer con las mascotas cuando ocurre una emergencia. “Si hay un accidente, se atiende a la persona, pero el perro queda desamparado y depende de la buena voluntad de quien esté cerca”, añade.
A todo ello se suma una problemática más amplia: la del maltrato y abandono animal, que sigue presente en el entorno rural gallego. “Muchos perros viven atados o encerrados, a pesar de que la normativa lo prohíbe. Es una de las peores imágenes que podemos dar del Camino”, advierte la gerente de Apaca.
Entre los caminantes que se animan a emprender esta experiencia están Adrián y su perrita Laika, llegados desde Burgos tras veinte días de marcha. En su segunda peregrinación optó por llevar una tienda de campaña para evitar el coste de los alojamientos privados. “Al perro hay que tratarlo como una persona más. Si se porta bien, hay que darle la bienvenida”, resume.
También Inma y su perra Daia, procedentes de Lugo, coinciden en que la experiencia ha sido “lindísima”, aunque todavía faltan albergues que acepten mascotas.
El movimiento perregrino crece, pero sigue reclamando una infraestructura más amable, coherente con los valores de hospitalidad y respeto que definen el espíritu jacobeo. Porque en el Camino, el mejor compañero no siempre camina sobre dos pies.
